sábado, 12 de enero de 2013

La mala reputación de Andalucía


Cartel de Iberia que mata dos pájaros de un tiro.
Andalucía tendría mejor cartel si el PP hubiera ganado alguna vez. Los populares proclaman ahora que la comunidad es la avanzadilla de la privatización de la sanidad en España. No es verdad. Mejor dicho (y sin correcciones políticas): se trata de una mentira. Una vez más el método es la técnica garantizada del enredo de cifras y porcentajes, porque es de todos conocido que son muy sensibles al manejo interesado. Según los indicadores que se escojan, aún siendo de la misma procedencia, es posible argumentar con un alto poder de persuasión una cosa y la contraria. Sea cual sea el procedimiento, lo relevante es la tendencia y, sobre todo, el resultado: la imagen distorsionada de Andalucía en el exterior. Quizás no prospere la original idea de que tras estos 30 años de gobiernos socialistas se enmascaraba la vanguardia del tea party español, pero es una muestra de la oposición que hace el PP al Gobierno de Griñán, y antes al de Chaves: desfigurar la realidad andaluza para atacar a su adversario.

   Esto, sostenido en el tiempo, en los citados 30 años que tanto mentaron los conservadores en la pasada campaña electoral, ha hecho mella. Porque en boca de líderes foráneos que hablan de oídas, y con la urgencia de salir de un entuerto, deviene en la rica antología de vituperios que padecemos los andaluces, como que nuestros niños son prácticamente analfabetos, que en la escuela se arrastran por los suelos, que tenemos un acento de chiste o que somos capaces de convertirnos en gallinas con tal de que nos ceben con subvenciones. No sé si hay otra forma de hacer oposición, igual no, pero lo cierto es que el inventario negativo del PP andaluz para erosionar a los ejecutivos de la Junta sirve de combustible a incendiarias soflamas, no únicamente por parte de dirigentes populares, también de tipos como Duran Lleida, a quien gusta lanzar desdeñosos comentarios desde su silla regia del Palace.  

   El prejuicio hacia Andalucía del resto del país ni es nuevo ni patrimonio del PP. Hay que ser justos. Viene de muy antiguo, lo mismo que la apropiación indebida de su identidad, adulterada en ese sucedáneo idiota y kitsch que es mayormente la estampa de España en el extranjero. Curiosamente, los topicazos se trasponen, de modo que la fotografía folclórica de los andaluces es la misma que trasciende de la piel de toro fuera de nuestras fronteras. Este verano muchos que practican la degradación antropológica del indolente sur han bebido grandes dosis de su propia medicina. Explotaron las astracanadas de Sánchez Gordillo y sus tradicionales ocupaciones estivales hasta que se le fue de las manos –es lo que tiene la era global— y Gordillo resultó erigido Robin Hood oficial en la prensa internacional. Entonces sí, eso son palabras mayores, entonces los aspavientos y artículos de repulsa fueron catarata. Ahí se había tocado el orgullo patrio.

   Es llamativo el empecinamiento de dejar a Andalucía eternamente detenida en el tiempo, y no creo que sea por un arrebatado impulso romántico. Me contaba el corresponsal de un diario catalán que no había manera de que le compraran un avance científico o tecnológico, y si colaba uno es porque algún preboste del ramo descubría que se había conseguido primero en Barcelona. Sin ir muy lejos, en el periódico donde he trabajado hasta el 13 de noviembre pasado costaba Dios y ayuda vender noticias de modernidad para las páginas nacionales. Les parecía (les parece) más de suyo una epidemia aparatosa, un buen crimen con tintes tremendistas a lo Pascual Duarte, o una movilización obrera reclamando pan, si podía ser con estética de jornaleros irredentos, que se ajusta mejor al esterotipo.

   De vuelta al PP y su expeditiva estrategia de dilapidar el crédito de Andalucía para hacer saltar su Gobierno, es preciso recordar que ha tenido mucho que ver en la magnificación del PER y la leyenda de los subsidios. Desesperados ante la inquebrantable mayoría de los socialistas, elección tras elección, en la década de los noventa los populares andaluces dieron con una excusa para justificar ante la dirección nacional la fidelidad al PSOE en las zonas rurales: la teoría del voto cautivo. Consistía en atribuir el predominio de sus rivales a las presuntas prebendas recibidas de la Junta y el pago a discreción de subvenciones, con el mitológico PER a la cabeza. Hizo fortuna y todavía perdura de Despeñaperros para arriba, si bien decenas de veces se ha demostrado con datos que no es precisamente Andalucía la que lidera este ranking. Cuando aquí este recurso se puso rancio y, en consecuencia, poco creíble, el PP de Javier Arenas acuñó un nuevo concepto, “el régimen”, en alusión, según sus palabras, a la “ocupación del PSOE de las instituciones andaluzas”. 

   Es delicado jugar con estas cosas porque casi siempre se vuelven en contra, y después cuesta sudores deshacer una imagen tan asentada. El mismo Arenas, en la recta final de su campaña, seguro en ese momento de que ganaría, intentó volver por pasiva lo dicho, con la habilidad marca de la casa. Reivindicó el PER –reclamó su maternidad para la UCD, a la que él perteneció-  y se quejó con desgarro de la mala imagen que daba el caso de los ERE, que personalmente había ordenado difundir aderezado con los condimentos de juerga y cocaína, y sobre el que giraba el grueso de su mensaje electoral. Parecía que la formación conservadora iba a levantar por fin el pie, pero la comunidad se mantuvo como territorio comanche.

   Probablemente el PP de Juan Ignacio Zoido esté atrapado en la servidumbre de la defensa al Gobierno central de su partido y no disponga de sobrados recursos. Pero debería tratar de afinar más y apuntar solo al PSOE en lugar de barrer a cañonazos la reputación de Andalucía. Los afectados somos todos y nunca se sabe.

domingo, 23 de diciembre de 2012

De la abominación del feminismo


Niñas "diferenciadas" (que no segregadas por su sexo) en los años 20, como diría ahora el ministro Wert.
Uno de los rasgos distintivos de la regresión que padecemos es la abominación rampante del feminismo. Ya antes de desplomarse la economía, un movimiento neomachista trabajaba denodadamente para asentar la idea de que las feministas son una panda de fanáticas con predisposición al disparate, que andan sacando todo de quicio y empujando al varón a la marginación más absoluta, a lugares residuales de la sociedad, cuando no al irremediable suicidio, como sostenía tan ricamente –no sé si aún lo hace-- algún juez que iba de arrojado héroe de la causa. Aunque ahora casi no hace falta abanderar nada, cualquier concepto o queja con tintes feministas han sido succionados por la prioridad de la crisis. Hasta los clérigos, tan prácticos siempre,  han conseguido sin apenas resistencia que se recule en la escuela 30 años, con el soporte de la cruzada a la estrafalaria doctrina de la “ideología de género”, que consiste en combatir con remilgados eufemismos todo lo que huela a igualdad. Porque les viene mal para sus tingladillos, fundamentalmente.

   El papel envolvente del retroceso es un engañoso sentido común. El primer paso es desvirtuar el término feminismo --al que arteramente se le añade el adjetivo “radical” para dar sensación de desmesura-- y presentarlo como un antónimo de machismo. El siguiente paso es el resultado lógico del silogismo: ponerse en plan ecuánime e invocar la supuesta sensatez de una equidistancia imposible. El machismo --en sus muchos grados, desde el más tosco desprecio a las mujeres hasta sutiles vericuetos donde se disfraza, a la postre, una posición de ventaja masculina--  básicamente predica la inferioridad de la mujer, a la que se le niegan derechos civiles y humanos, en los casos más sangrantes (véase la legislación de multitud de países y la propia de España de anteayer), o se le adjudica un papel secundario, de comparsa, de complemento, subsidiario. Menor al fin.

  El feminismo defiende la igualdad plena de ambos sexos en todos los ámbitos, gozada con perfecta naturalidad. Es decir, el feminismo es precisamente el punto neutro, intermedio. El extremo del machismo sería un movimiento hembrista que perseguiría el dominio de la mujer y la sumisión del varón. Por eso es imposible la equidistancia entre machismo y feminismo, una posición intermedia sería siempre un machismo más o menos atenuado, ya que el feminismo (que busca la igualdad) es el centro. Todo esto es una obviedad, elemental, debería estar superado, pero no lo está. Por chocante que parezca, hay que explicarlo, y últimamente mucho. La campaña desplegada por el también llamado postmachismo ha sido superefectiva y, sorprendentemente, hemos tenido que retornar al principio. De tarea: definir feminismo.

  Hay otras maneras de desandar y hacer trizas conquistas que han costado tanto esfuerzo, vidas incluso, porque en los derechos de la mujer, como en la mayoría de los avances sociales, nada se ha regalado. Caricaturizar al feminismo, ridiculizarlo, ha sido siempre una táctica muy eficaz para zafarse de molestos reproches y campar a las anchas por cómodas segregaciones sin que nadie se atreva a ponerlo en cuestión. De este modo, se puede navegar tranquilamente por aguas donde los varones son los predilectos, donde la normalidad es la condescendencia con las posturas misóginas, donde se toleran comentarios hirientes y las protestas se despejan como una salida de tono de maníacas aguafiestas sin la menor cintura.

  Para sacudirse la fastidiosa observancia de la justicia de género se usa igualmente la trampa de asociar el feminismo con mujeres redichas y obsesivas, paranoicas, antipáticas y amargadas, que rechazan a los hombres porque no logran atraer su atención. Convertir en patología la demanda del adversario es un recurso muy socorrido. Lo descorazonador es que entre algunas mujeres funciona: unas se confunden, se desorientan ante tantos referentes negativos; otras se dejan intimidar y reniegan del feminismo para gustar, para conectar y no ser rechazadas, para conseguir la aprobación de los hombres. "Yo no soy feminista de esas", aseveran, en tono digno y solemne. ¿De esas? ¿De las que salían a la calle y eran denigradas (en ocasiones, encarceladas) para que ahora las mujeres les miremos con desdén como si fueran un atavismo? ¿Y qué se debe ser? ¿Medio machista?  ¿Medio feminista? ¿Cómo puede decir una mujer en sus cabales que no es feminista?

   La olvidada María Lejárraga escribió a principios del siglo pasado --aunque el apunte lo firmó su marido, Gregorio Martínez Sierra (las literatas eran esquinadas y algunas se veían obligadas a hacer de ventrílocuas para que se les oyera)--, que las mujeres deben ser feministas como los militares son militaristas o los reyes son monárquicos. Si no lo son, van contra sí mismas. De tarea: definir feminismo.

martes, 18 de diciembre de 2012

El pacto que viene y va

Griñán y Zoido, precisamente en una ronda de diálogo ya olvidada el pasado julio.

Los periodistas solemos tener poca memoria. No por una maldición bíblica, sino porque recibimos, resumimos e interpretamos diariamente tal cantidad de datos que necesitaríamos mil megas en el cerebro para almacenarlos. Los políticos lo saben, y se aprovechan. De modo que repiten tan frescos consignas y estrategias periódicamente, con escaso temor de que algunos de nosotros disponga de un hueco (yo ahora tengo uno bien gordo), se nos ilumine la bombilla y les saquemos los colores. Aunque con Internet y Google están más desnudos: un par de teclazos, y zas, el plagio (o autoplagio) al descubierto.

   La introducción viene al caso porque, una vez más, asistimos en Andalucía a la oferta cruzada de pactos entre los partidos mayoritarios para dar la sensación de hiperactividad, después de que la encuesta del IESA reflejara que los ciudadanos perciben a los políticos como seres incapaces de resolver sus problemas. José Antonio Griñán propuso un acuerdo en julio, y ahora Juan Ignacio Zoido le responde con otro, acuciado, además, por la necesidad de hacer ver que la oposición, pese a las apariencias, no se ha licuado. Si prospera, en breve tendremos una secuencia de reuniones de ida y vuelta que enredan sobradamente a los medios y rellenan espacio, pero que son casi tan fútiles como aburridas.

   Sin remontarse muy atrás (material, hay), recuérdese el ruido que generó hace dos años el alumbramiento del llamado “pacto anticrisis” de Griñán y Arenas –con Valderas, sindicatos y patronal como actores secundarios--, un trabajoso parto cuya criatura (que pesaba 53 medidas) pasó enseguida a la inclusa del olvido. El Ejecutivo andaluz objeta que ha activado varias políticas, aunque, en cualquier caso, para hacerlo no había necesidad de consenso generalizado y aún menos de tamaña difusión. Encima, el intento venía precedido con mucha inmediatez de una ronda de conversaciones que había corrido similar suerte, con 62 puntos iniciales que menguaron a una veintena.

   Repasemos el itinerario: envío de iniciativas, elección de los negociadores, constitución de la mesa de trabajo y el mencionado rosario de los encuentros que van y vienen --y vienen y van--, animado con el intercambio de decálogos, que si se enuncian con donosura dan algo de color. Eso, sin contar con los prolegómenos de frases desafiantes a ver quién dialoga más, es más sacrificado, más desprendido, y consigue mostrar mayor indiferencia ante los mundanales focos de las cámaras, como si la insaciabilidad hagiográfica de los políticos fuera una maledicente leyenda urbana.

   Esto del pacto en beneficio de la sociedad (y sin intenciones partidarias o electorales de ninguna clase) es un ardid muy socorrido para cambiar el paso --pero no el único: Manuel Chaves convocaba comités de expertos cuando se le enquistaba un problema--. El ciudadano acaba por desengancharse, hastiado del soporífero bla-bla-bla. Sin embargo, la inundación de carencias que ha provocado la crisis económica ha alcanzado un nivel tal (cubre a una buena parte de la población), que en esta ocasión el motivo de la desconexión puede que no sea precisamente el tedio, sino el desaliento, la indignación y hasta la rabia de ver un nuevo espectáculo del manejo sublime que a veces exhiben los políticos en el arte del mareo de la perdiz. Al presidente de la Junta le corresponde sugerir acuerdos, lo mismo que al jefe de la oposición; pero hay que tener cuidado con los artificios de tacticismo y el abuso de las jugadas cortas (también de miras). Si negocian, que sea verdad. Está muy documentado que el ajetreo de reuniones que van y vienen –y vienen y van-- termina siendo un paná de enorme bombo, y no es el momento de jugar a los pactos de nunca acabar. Digo yo.   

sábado, 15 de diciembre de 2012

La crisis doblemente armada del PP andaluz

Juan Ignacio Zoido, el sábado en el congreso del PP de San Fernando, junto con Antonio Sanz y Teófila Martínez.
Al PP andaluz le pasa como a España, no le atenaza una demoledora crisis, sino un par de ellas. Si el país retrocede a paso ligero hacia el principio de los tiempos asolado por el desplome financiero global y el pinchazo inmobiliario, sobre la formación de Mariano Rajoy han caído dos plagas en Andalucía conjuradas de forma diabólica: el impacto del desmantelamiento del Estado social que auspicia, encima, la supuesta cuota andaluza del Gobierno (Báñez y Montoro), y la voladura de la estructura de partido por el relevo de Javier Arenas, quien ha sido esencia y alma de la organización durante 20 años.

   La consecuencia es el descenso de 10 puntos en intención de voto de las elecciones hasta ahora (nueve meses). El porrazo no es ninguna sorpresa. La encuesta del IESA ha puesto cifra demoscópica a una realidad a la vista de todos desde hace tiempo, aunque se ha reflejado poco por las condiciones paupérrimas del mundo periodístico: ni redactores, ni medios.

   Esta crisis doblemente armada es quizás la más grave en muchos años del PP en Andalucía, un territorio históricamente hostil que se le fue de las manos el 25 de marzo contra pronóstico, precisamente cuando se había conseguido reunir un cúmulo de conjunciones inmejorables. De ahí la sensación de fiasco que se padece intramuros. Como ocurre en la astronomía, pasarán lustros para que circunstancias tan favorables vuelvan a coincidir en el espacio y en el tiempo.

   Todavía instalados en este voraz comezón que destruye la moral igual que la carcoma --por mucho código de normas entusiastas con que se revista los continuos intentos de remontada--, el PP de Juan Ignacio Zoido está completamente atrapado. Al alcalde de Sevilla no le quedó otra que aceptar las riendas de su partido en  el peor lance que se recuerda para consumar el rápido carpetazo ordenado por Dolores de Cospedal (secretaria general del PP nacional) a la etapa de Arenas, a quien teme de manera casi enfermiza porque conoce de primera mano su habilidad para ocupar huecos, reinventarse y escalar. Pero Zoido ni quería ni quiere comulgar con el inmenso marrón de hacer de réplica al único Gobierno de izquierda del mapa autonómico --por mucho caso de los ERE que le haga sombra-- a la par que Rajoy y sus ministros bajan pensiones, acaban con la sanidad y la educación públicas, le ponen precio a la justicia y repostan con nuevos decretos la máquina de expedir parados que es la reforma laboral. Por citar algunos contratiempos.

   Ha ido a Génova a comunicar que se quiere marchar ya, que su compromiso era transitorio, que la condición de hombre orquesta le está pasando factura en lo que realmente le importa, Sevilla, plaza, además, que sería obligatorio revalidar en 2015 si pretenden que aspire a la candidatura de la Junta en 2016. Pero le han dicho que tenga paciencia, que le van a ayudar, que aguante. Porque como confesó hace algo más de un mes un dirigente de su equipo, la opción de abrir tan pronto el proceso de sucesión les colocaría a todos directamente en su casa.

   Y ahí está Zoido, diciendo en las reuniones internas que se busquen a otro, que no tiene ambiciones, y poniendo cara de póquer cuando le preguntan públicamente por sus planes, por si Sevilla o Andalucía, o por Javier Arenas, quien se resiste a dejar el papel de jarrón chino (valioso pero un enorme engorro) y con el que ha roto relaciones más allá de la cortesía. Ahí está, toreando a trompicones con Griñán y su equipo de asesores, que le preparan un abanico de respuestas para cualquier descosido que le plantea en los duelos parlamentarios. Más que viajando, dando saltos los fines de semana a un extremo de Andalucía, apenas conocido (27,4%, según el IESA), y con la antipatía de su electorado oriental por ser alcalde de Sevilla. Ahí está con su ejército descuadernado, mientras, para colmo, los pretendientes al trono de las candidatura de 2016 vuelven a moverse para no quedarse atrás en la futura carrera. Un lío tremendo que ya se traduce en la expectativa de voto.